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museo de la memoria santiago chile

El Montaje

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jorge montealegreParticipé en el “montaje”. Tuve el privilegio de participar en la etapa de preparación del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, antes de su inauguración. Fue un trabajo acotado, que no estaba en una esfera de decisión. Ser periodista y escritor me habilitaba profesionalmente para el trabajo. Mis escritos testimoniales y sobre las memorias; así como el haber colaborado en los años ’80 en la Comisión Chilena de DD.HH. me convertían en una persona cercana a los temas que debería abordar. ¿De qué se trataba? Debía escribir los textos de síntesis que debían servir para las vitrinas y otras piezas de la museología, diseño y definición que le correspondía tratar a otras personas. Leí miles de páginas provenientes de los documentos oficiales, cuya fuente eran los informes llamados “Rettig” y “Valech”. Relatos espeluznantes, estremecedores, pavorosos. Pero ni espeluznante, estremecedor o pavoroso se me permitió utilizar en los textos. Tuve que evitar –a pesar de las tentaciones y el asombro- todo adjetivo, toda opinión: “Que califique la persona que visite el museo, que se enfrente ante las evidencias”.

En otras palabras, que el Museo entregue el dato y no el relato. Me costaba mucho no adjetivar, con rabia incluso; con espanto, con dolor. Pero había una línea editorial que impedía los gustitos personales. La actitud típica de la transición, de la posdictadura. En el directorio del Museo, además, estaba –sigue estando- representada la derecha; incluso un ex integrante del Consejo de Estado de la dictadura. Entre las fotos de las víctimas de violencia política, si se mira bien, hay personas desaparecidas y ejecutadas junto a uniformados que están registrados en el Informe Rettig. El “montaje” se hizo hasta con timidez, lejos de cualquier osadía o intrepidez que pudiera impedir que pudiera existir el Museo. Parte de su viabilidad dependía –maldita sea- de los victimarios. Y que se pudiera crear y que exista hoy es un logro. A pesar de todo.

Es tan elocuente lo que ahí se preserva, se muestra, se divulga en función de que Nunca Más se repitan las atrocidades cometidas por la dictadura cívico militar –con el silencio, desinformación, desidia, complicidad pasiva y activa de tantos- que ciertamente contribuye a la formación de una cultura de los derechos humanos y al reconocimiento de cómo las víctimas supieron enfrentar con dignidad el sufrimiento. El Museo cumple su misión y otras organizaciones de la ciudadanía también lo hacen complementando esa memoria, aportando las diversas piezas de un puzzle que la historia irá interpretando. Por ello, son ofensivos los dichos del personero de gobierno que habla de “montaje”, que el museo es “para contar una versión falsa”, para que “la gente no piense, para atontarle”. Pueden criticar, pero no desmentir. Quienes, a pesar de las evidencias, siguen negando, minimizando o relativizando los terribles crímenes cometidos están enfermos de contumacia: insisten en el error y el horror.

Ya conté mi participación en el “montaje”. Ciertamente no se trataba de “hacer literatura” ni de lucirse, pero reconozco que fue un privilegio. Lo agradezco. Me parece bien que la voz pública de los escritores se haga escuchar. En ese sentido es significativo que un Premio Nacional de Literatura –Raúl Zurita- haya reaccionado de inmediato ante los dichos del ministro de las culturas, las artes y el patrimonio: “Declaraciones que hieren lo más entrañable del pueblo de chile, a sus desaparecidos, a sus fusilados, a sus torturados, a sus exiliados…” apelando –el poeta- a “nuestra dignidad como artistas, como escritores, como intelectuales, como seres humanos en ello”. Comparto, suscribo y agradezco esa declaración.

Defendamos nuestro Museo de la Memoria y los Derechos Humanos; y cada esfuerzo por completar, preservar y divulgar la memoria que se hace -también- fuera de esa institución. Que el silencio de los escritores y escritoras no nos resulte algo vergonzante.

Jorge Montealegre I.
Escritor

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